19 agosto 2007

01 agosto 2007

EL DECLIVE DEL IMPERIO CALIMERO

Para Jordi Barbeta, “Catalunya, entendida como sujeto político, cultural y social específico, atraviesa un período de decadencia” y el aeropuerto, el desastre de las cercanías, el gran apagón, el déficit de infraestructuras, no son un síntoma sino el fruto del fiasco del “catalanismo” y, en especial, de los políticos catalanes.

Pero, Catalunya no solo está en declive, sino que prefiere buscar culpables (los políticos) antes que asumir su responsabilidad colectiva: sin el complejo de superioridad catalán, esos “políticos” nunca lo hubieran conseguido.

Siguiendo con el discurrir de Barbeta, durante cien años, el catalanismo habrían tenido (también) como objetivo modernizar España desde “la profunda convicción de que lo propio [lo catalán] es mejor”.

Aunque, ¿qué hacía superior “lo catalán”? La autocomplaciente “idea de la Catalunya abierta, emprendedora, innovadora y creativa” (en palabras de Barbeta) que no era sino fruto de la connivencia de la burguesía industrial catalana con las oscurantistas fuerzas inmovilistas “españolas”. Una Catalunya que era cabeza de ratón de una España cerrada, empobrecida, agraria y rural.

Pero, en 1977, la sociedad catalana se suma a un nuevo pacto social que tendrá su punto culminante en 1992: cabalgando sobre un nuevo régimen democrático que reconoce su singularidad y que, al fin, abordará la modernización del estado y de su administración, propiciará el desarrollo del mercado interior y su incorporación a la Europa Económica.

La modernización social, cultural y económica y la apertura al exterior propicia el crecimiento de un potente capitalismo español (y no sólo madrileño) de matriz no catalana, de una modernidad que ya no se reconoce dependiente de la “superioridad” catalana.

Tres hitos marcan este periodo:
  1. 1982: la mayoría absoluta del PSOE lleva a cabo el despliegue del nuevo modelo de estado constitucional, pone las bases del re-equilibrio territorial español y el rumbo a Europa.
  2. 1986: la incorporación a la Unión Europea junto con las privatizaciones de RUMASA dotan al estado y a las comunidades autónomas de fondos para el desarrollo de las infraestructuras: es el periodo de modernización de la economía.
  3. 1992: Se firma el Tratado de Maastricht, llegan los Juegos Olímpicos a Barcelona y la crisis monetaria.

Los Juegos Olímpicos suponen el punto culminante y más visible de este nuevo periodo, aunque para Catalunya solo suponga la ejecución de lo proyectado para 20 años antes. También es nuestro fin de ciclo particular: Maastricht es el pistoletazo de salida de la mundialización en la UE y, por lo tanto, en España. Y Catalunya no se entera: la era de la supremacía catalana toca a su fin.

El incremento de la renta per capita, el desmantelamiento de las barreras arancelarias y también culturales, el nuevo flujo de capitales y de persona, pone fin a la dependencia del capital cultural y económico “catalán”: la innovación ya no llega de Barcelona.

Gallegos, valencianos y andaluces acaban con la situación de privilegio catalán, aunque nosotros, tras nuestro olímpico éxito, seguimos enquistado en nuestro complejo de superioridad: nuestro destino, regenerar la España plurinacional.

Pero, la España de 1992 ya no es sólo Madrid y Barcelona. Ha puesto las bases para jugar en las ligas mundiales:

- Valencia le disputa a Barcelona la primacía portuaria mediterránea, turística e industrial.
- Andalucía ha desarrollado una potente bio-industria, pero también es el semillero del movimiento hip-hop.
- Galicia es la sede de la principal empresa textil multinacional de España,
- Madrid es ahora la nueva capital política pero también financiera, cultural (del teatro), del automóvil, etc.

Y es en los noventa cuando la derecha catalanista se torna decisiva para el primer gobierno de Felipe González y Pedro Solbes, aquel que fijará las bases de nuestra economía tal y como la conocemos hoy: privatización de empresas públicas (Endesa, Repsol, Telefónica) y contención macroeconómica. El catalanismo pequeño-burgués conformará la política de todos los gobiernos hasta el día de hoy. Nunca tuvo tanto peso político como en el periodo 1993-2004.

Entonces, ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

Xavier Sala i Martín, el prócer liberal y catalanista, no deja de repetir que a Catalunya le faltan emprendedores.

Pasqual Maragall nos regalaba los oídos con sus ideas de la Euroregión y de mirar a Europa.

El dinamismo catalán ya es un bluf que sustentado en un mayor desarrollo económico que hace tiempo que llegó a toda España. En palabras de Josep Martí Gómez: “Lo que queda del naufragio de la burguesía catalana, en su mayoría sociológicamente franquista, sigue mirándose el ombligo o viviendo de las fortunas amasadas en los años de las grandes oleadas migratorias”.

Los emprendedores catalanes hace ya tiempo que colocaron sus fábricas al capital foráneo e invirtieron buena parte de sus ganancias en la muy improductiva economía inmobiliaria y financiera. Los creadores culturales catalanes ya no son la vanguardia cultural de España.

“Ese esquema psicológico” que [en palabras de Barbeta] “se ha mantenido prácticamente durante todo el siglo XX y ha sido la base de la reivindicación nacional catalana y del autogobierno” se ha quedado en nada: somos la punta de lanza de España, la parte más dinámica, pero no somos mejores, ni lo hacemos mejor, ni estamos en disposición de dar lecciones a nadie.

El Estatut que tenía refundar España y Cataluña y ser modelo de todo no es más que otra ley a desarrollar y aplicar.

El poder político, económico y cultural de Catalunya se ha debilitado porque no se reconoce en el nuevo ámbito de actuación: el mundo. Preferíamos ser cabeza de ratón antes cola de león.

Catalunya necesita humildad y ponerse a trabajar: determinar nuestra cuota de responsabilidad y mejorar.Por este camino, Catalunya puede llegar a ser Calimero. Incluso un Calimero independiente.